Intrahistoria de una fotografía: Fabienne Gismar

Publicado: abril 14, 2011 en ePeriodismo, Haiti, Reporteros, Sociedad

Es una fotografía impactante. Digna de un World Press Photo o cualquier otro galardón de primer nivel. Por su técnica y por la historia que cuenta: la de Fabienne Gismar, una adolescente de quince años que cometió el error de sumarse a las hordas de saqueadores que ‘devastaron’ Puerto Príncipe, capital de Haiti, tras el terremoto de enero de 2010. Cuando volvía a su hogar portando unos pocos cuadros que robó de una tienda de decoración, la policía -que había recibido orden de disparar contra cualquier saqueador- abrió fuego y una bala acabó con su vida. La imagen la firma el fotoperiodista (¿sueco?) Paul Hansen, quien por aquel entonces trabajaba para la agencia Reuters.

La foto sería una más entre la vorágine de imágenes de tragedias, desastres, muertes y llantos que llena cualquier exposición de fotoperiodismo actual. Una más, quizás con vocación de ser recordada más que otras, pero una más. Si no fuera porque tiempo más tarde conocimos esta otra fotografía, que redimensionó el impacto de la primera.

En esta otra imágen pueden verse los momentos posteriores a la muerte de Fabienne, cuando media docena de fotógrafos se afanaban en conseguir la instantánea más perfecta. Correciones de luz, mejores encuadres… aquellos fotógrafos estaban allí porque aquel momento olía a premio. Al menos, eso es lo que dicen quienes se muestran un ‘poco’ críticos con esta fotografía. Quienes se muestran críticos de verdad no les llaman fotógrafos, les llaman ‘buitres’ que han hecho del sufrimiento humano el fruto más fértil de su trabajo.

Sin embargo, yo no lo tengo tan claro. Ellos, los fotógrafos, siempre alegan que están contando una historia. Hace 5 años, yo trabajaba en un pequeño periódico de provincia. Tuve la oportunidad de entrevistar a seis fotoperiodistas -as, chicas- que habían ido a Gijón a presentar una especia de cooperativa de freelances. Allí estaban la polaca Justyna Mielnikiewicz, la iraní Newsha Tavakolian, la brasileña Marizilda Cruppe, las francesas Bénédicte Kurzen y Agnés Dherbeys, y la española Lourdes Segade. Entre todas, han cubierto casi la totalidad de los conflictos armados de la última década. Ahora, todas ellas tienen ya un nombre reconocido en el mundo del fotoperiodismo, e incluso algunas de ellas tienen un World Press Photo en su casa como Dherbeys. Salió el tema del sufrimiento humano y la fotografía. Cruppe me contó una historia que me impactó y, en aquel momento, me convenció.

Esta brasileña me contó que uno de los momentos más duros de su carrera se lo encontró en África (no recuerdo el país), donde presenció como un niño fue herido de muerte durante unos disturbios. Yacía en la calle, y Marizilda le hacía fotos mientras un grupo de personas trataba inútilmente de salvarle la vida. Le pregunté que qué se siente en ese momento, y me fue clara: “ese niño iba a morir, y me preguntaba qué hacía yo allí, esperando a fotografiarle. Pero entonces fui consciente de que estaba contando una historia de la que él era la víctima y yo su narradora, una historia que debía ser contada”.

La historia de Fabienne va en la línea de lo que me contó aquel día Marizilda. Siempre que veo una de estas fotografías recuerdo aquellas palabras.

Por otra parte, también es cierto que muchas de esas imágenes que hemos visto a lo largo de decadas se han convertido en iconos de una lucha o denuncia social concreta, y cuyo impacto en occidente consiguió la movilización social necesaria para cambiar, aunque fuese sólo un poco, la historia. Hablo de aquellas fotos de la ejecución de un vietnamita en plena calle de Saigón, aquellos niños quemados por el napalm norteamericano en la selva, o el niño -que no niña- acosado por un buitre mientras agoniza por la hambruna -recomiendo leer ‘Carter no se suicidó por esta foto’– …

Yo, por mi parte, sigo sin tenerlo claro…
PD: El mismo día que la prensa internacional publicaba las crónicas de la muerte de Fabienne, también se informaba del hallazgo entre los escombros de un niño de siete años vivo, que había pasado sepultado más de ocho días. En los momentos felices también hay fotógrafos. Ambas instantáneas son dos trozos de la realidad de aquel momento. Pero ésta no creó debate…ni tampoco ganó premios.



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