Esa misma pregunta me hizo hace poco un buen amigo. Le respondí lo mismo que respondo ahora: No lo se. No lo se yo, y creo que nadie lo sabe. No tiene una explicación racional. Si acaso, sí psicológica o psiquiatrica.
El jóven nigeriano de 23 años que trató de volar por los aires un avión en Denver provenía de una buena familia, acomodada económicamente, había sido formado en ingeniería en una prestigiosa universidad inglesa. Pero, como denunció su padre tiempo antes del atentado, “ha decidido luchar por el islam”. Se fue a Yemen, donde contactó con integrantes de una célula de Al Qaeda que le propusieron la operación. Y aceptó.
Lo más común, tanto en Irak, como en Afganistán, Líbano, Argelia o cualquier otro país -incluido España- es que los jóvenes que entran a formar parte de estas redes parten de una situación social de exclusión, de marginalidad incluso. Son jóvenes que, alejados de cualquier posibilidad de un futuro próspero o de ascenso social, deciden dejarlo todo en manos de la religión, postrandose ante ella como única salida. Y acaban siendo pasto de reclutadores/lavadores de cerebro yihadistas. De ello mismo escribí un artículo hace poco.
Pero no es este caso. Para las acciones más expectaculares, Al Qaeda utiliza jóvenes formados. El 11-S fue perpetrado por pilotos que tenían una prometedora carrera en la aviación civil. Mohamed Atta, por ejemplo, jefe de los 19 terroristas del WTC y el Pentagono, era un ingeniero formado en la prestigiosa universidad de El Cairo. Pero de pronto un día todo cambio. Sus amigos de Hamburgo, donde cursó su postgrado, le recuerdan como un chico normal, alegre, que un día comenzó a encerrarse en si mismo y a cambiar de amistades.
Aquel chico alegre acabó estrellando un Boeing 767 de United Airlines contra la Torre 2 del WTC. Podría haber elegido seguir con su carrera, conseguir un buen trabajo, casarse y formar una familia. Pero opto por esto. ¿Acaso hay una explicación?
Según un libro del psicólogo Paul MacLean sobre la psicología del terrorista suicida, los comportamientos de estos individuos cambian radicalmente de un día para otro. Y aporta una hipótesis:
El ‘Complejo R’ es lo que habitualmente llamamos ‘cerebro de lagarto’, la parte que compartimos con todos los animales, donde residen los instintos más primarios, es la que guía a un terrorista suicida. Es predominante. Ahí reside la agresividad, las conductas territoriales, la jerarquía social y los actos rituales. Son estos factores los que, tomando control de la voluntad del individuo le llevan a cometer el atentado. Lo que no se ha conseguido explicar es cómo llegan los terroristas a estas partes del cerebro. Sin duda, un gran misterio.
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